15.9.14
La casa de la luna
Entonces dígame Doña Cecilia -¿Cual es el sentido de la vida?. Pregunte muy compungida, y ella se quedo mirándome con esos ojos...celestes verdosos; se parecían mucho a un vidrio verde de la cocina de Banfield donde tantas veces tome mates con Gabriel charlando y charlando de la misma película que llamamos vida.
Doña Cecilia era una vieja hermosa, y la describo como vieja porque otro adjetivo seria como des-dibujarla.
"Vieja" refiere para mi en este caso a una anciana de pelo blanco y gris, tan linda como la luna, tan tan linda...como tosca.
Cecilia nació allá entre unas colinas, de esas que cuando las ves no entendes porque razón se arma un pueblo...allá, encima de una colina.
Y mas allá de aquella colina, no hay nada...solo mas colinas pero mas y mas despobladas.
Y un día en los albores de la adolescencia la subieron a un barco como te diría que saques la basura, así; así como así, la subieron a un barco y la mandaron...allá lejos.
Allá lejos, ya no había colinas, no había tantas aldeas, sino mas bien...campo, campo lejos, campo...en otro idioma.
A mi nunca me gusto mucho estar demasiado con la Doña, mira...desde que se murió el marido, que como muchas veces en la vida, mas que marido era el padre, la vieja se había puesto como loca, loca de rebelde y ademas, de bañarse poco y encerrarse seguido, le gustaba mas que nunca dar ordenes. Como todos los mañosos viejos todo era mejor a su manera. Mas de una vez la vieja tenia razón, ya lo decía Jorge Luis, "con el tiempo mana...con el tiempo, manita".
Pero igual, sera que somos parecidas, que a mi también me gusta todo a mi manera o sera que en realidad a mi nunca me gusto recibir muchas ordenes.
Era martes cuando me la cruce saliendo de la quinta, iba y venia siempre llevando cosas, para ella era como ir a la misa. Levantarse, ponerse la campera, las botas del abuelo y caminar hasta la quinta a juntar la bosta:; una vez se cayo y se quebró la mano y aun así, la vieja volvía de la quinta con la bolsa llena de mierda y una bolsa mas tapándose el yeso, eso si para ir de visitar se tapaba con el pañuelo, vergüenza no es robar a una altura de la vida, o si, pero mas vergüenza es ir por la vida mostrando al mundo como uno se va volviendo viejo y dicho sea de paso, acercándose a la muerte.
Entonces era martes y ella salia de la quinta con la bolsa, me la cruce, la salude y le colgué la bolsa, me dio las gracias y me dijo que la atara dos veces porque sino se iba a caer e iba a ensuciar toda la vereda.
Yo ya me estaba yendo porque hacia unos días que ya me quería ir, irme lejos...pero me estaba costando tanto el invierno que hacia una semana que andaba pululando con la misma ropa.
Cecilia me miro, me pregunto si alguna vez me peinaba y le conteste que no, que me gustaba mas así ahora y para devolverle las gentilezas le pregunte si ya se había bañado esa semana, me dijo que no, que le gustaba mas así.
Me vio luchandole al frío y me invito un café, iba a decirle que no pero me miro con esos ojos verdosos y no me salio negarme.
Entramos, la casa estaba muy desmejorada, la sala estaba bastante desordenada pero limpia, el comedor era un desastre y se había decretado la penumbra desde que el abuelo se murió. Ese había sido siempre su lugar, y ahora, dos años después lo seguía siendo, solo que como el abuelo no estaba ya no había nadie en el sillón, la luz estaba apagada y también la televisión. Silencio y oscuridad.
A mi lo que mas pena me dio fue el patio. El patio era como un pedazo de campo, nunca voy a olvidar la primera vez que entre en lo de los viejos...la ventana enorme al patio; no había perro todavía, porque había gente.
La parra estaba enredada en toda la ventana y subía que parecía que llegaba hasta el cielo, a cada lado del patio había un limonero de esos petisos pero poderosos y para atrás arrancaba un desfile de hojas verdes que iban desde chauchas hasta escarola. Allá al final, limitando con otro patio y otra vida, te despedían los zapallos.
Ahora solo había negro, unas ramas de la palta apiladas y todo lo demás, seco.
Apareció con el pocillo de café, me hizo señas de que ahí estaba el azúcar y trajo un pedazo de tarta de ricota, le dije que no quería pero la comí un poquito después.
Termine el café y ella estaba sentada frente a mi contra la ventana con ese solcito que la dejaba a pura contraluz ante mis ojos, me iba a levantar pero me demore mirándola, toda arrugada, vestida del abuelo, un poco sucia y un poco sola...y la entendí, con ojos cristalinos, con mucha piel arrugada viviendo una vida, esperando una hora...respirando porque aprendimos que a pesar del agua, hay que respirar...
¿Cual es el sentido de la vida?
Me miro con el verde...en la ironía agarro el pocillo, se levanto para ir a la cocina, para lavarlo, para dejarlo listo para otro visita, para otro café, para otra ironía...
Me miro y respondió: "Amar, Marìa".
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